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Yo soy lo que hice en el Centroamérica

El Ing. Marenco, cariñosamente conocido como Nicho, entró al Colegio Centro América en 3er grado y se bachilleró en 1963. Estudió en la modalidad de externo al ser originario de Granada. Cuenta que en aquellos años, había una diferencia entre los internos que vivían tiempo completo en las instalaciones del colegio y aquellos que, como él, iban a comer y dormir a sus casas. Sin embargo, y en sus propias palabras: “había un espíritu de cuerpo muy grande en el colegio, muy unido. Yo no recuerdo haber pasado ni en la universidad ni en ningún centro de trabajo u organización a la que haya pertenecido, que se haya creado un grupo tan cohesionado. Al día de hoy, después de 53 años de habernos bachillerado, nos reunimos todos los meses para celebrar el cumpleaños de alguno de nuestros compañeros. Siempre estamos pendientes el uno del otro”. 

Este sentimiento de pertenencia y unidad es compartido por un gran número de exalumnos de diferentes generaciones y probablemente sea un factor diferenciador de nuestro colegio en relación a otros, ¿cómo cree usted que se han logrado incrustar estos valores en los bachilleres CCA?

Ing. Dionisio Marenco CCA Prom ’63

Creo que en parte se debe a la formación jesuita  de muchísima disciplina, muchísimo rigor, orden, y eso obviamente te va creando un estado mental cuasi militar. Nosotros teníamos que estar formados en fila a determinada hora marchando para tal lado a tus clases, los horarios de recreo eran muy estrictos, si hacías alguna alteración al orden te castigaban incluso físicamente.

Creo que la calidad de los profesores es muy importante. Nosotros tuvimos profesores con un nivel como para ser catedráticos universitarios, como el padre Caballero, el padre Zubizarreta, el padre Moreno, el padre Otazo, el padre Miguel. Gente que había tenido cursos superiores en España y eran profesores de secundaria, entonces la diferencia es enorme pues teníamos docentes graduados de universidades europeas.

Yo disfrutaba mucho la clase de Literatura del padre Caballero porque en realidad era una cátedra maravillosa. Pero también me gustaba la Física que daba Zubizarreta, la Química que daba el padre Moreno, en general las ciencias exactas, las matemáticas que daba Pancho López y al final me decidí por una carrera en ingeniería. El padre Caballero me reclamó y me dijo que por qué iba a estudiar eso si era el mejor alumno en Literatura pero esa fue la elección que tomé.

Toda la formación estaba orientada hacia la excelencia. Uno debía ser excelente en todo, en todas las materias y en todas las actividades en que uno se involucrara.

Fuera de lo académico, ¿qué otras actividades eran parte integral de la formación en sus años en el CCA?

La dinámica mas fuerte era, quizás, el deporte. Había de todo: fútbol, béisbol, baloncesto y en diferentes categorías. Había unos que eran casi de primera división como el equipo de futbol que competía con el Salesiano, el Pedagógico de Diriamba. También teníamos una liga que se llamaba “La quebranta huesos” esa era de los mas charrulas. En esa jugaba yo (ríe) y era masajista del equipo de béisbol también. Para poderme meter a la liga centroamericana me disfrazaba de masajista y me iba con el equipo para El Salvador.

Todos los días había que practicar. Había entrenadores, por ejemplo Portobanco, que era el manager del equipo de Granada y era también el entrenador del equipo de béisbol del Centroamérica. Además, como los curan eran españoles y en España el fútbol es un deporte nacional, casi todos eran jugadores de primera clase. Tenían entrenamientos muy buenos.

En general, ¿cómo recuerda sus días en el colegio?

El ambiente era de «mucha jodedera”, pues, como se dice popularmente. Pero no había eso que ahora llaman bullying. Nos dábamos las bromas normales entre compañeros. Yo no siento que haya habido un ambiente opresivo por el rigor de la disciplina en el colegio pero sí teníamos que respetar las normas y los horarios. En ese sentido los internos la sentían más que nosotros. Yo como externo podía ir al lago con mi familia los fines de semana, pero los internos, teniendo el lago en frente, no podían salir de los muros del colegio porque había cantinas mas o menos cerca y era peligroso. Y sin embargo, siempre hubo sus cuantos bandidos que se escapaban.

¿Cómo se establecían las distinciones académicas entre los estudiantes?

Cuando nosotros nos bachilleramos al mejor alumno se le llamaba Primer Bachiller. Pero antes de nuestra promoción, al primer puesto por se le llamaba Emperador Romano, al segundo Emperador Cartaginés. Al tercer puesto Cónsul Romano y al cuarto Cónsul Cartaginés. No sé de dónde inventaron eso, como si los romanos eran más importantes que los cartagineses. El mejor alumno de la promoción tenía el título de Príncipe Perpetuo, pero eso se eliminó el año de nuestra promoción.

¿Cuál fue el momento que recuerda con mayor alegría?

Creo que fue cuando me bachilleré porque fue un momento muy solemne. En aquella época bachillerarse era casi como estarse doctorando. Ibas de esmoquin, subías con tu mamá a recibir el título, era una ceremonia súper solemne pues, y ser bachiller en aquel tiempo era una distinción bastante grande.

¿Cómo influyó en el resto de su vida la educación que recibió en el CCA? 

Yo soy lo que hice en el Centroamérica, después ya no aprendí nada (ríe). El Centroamérica para mí es mi formación, mi espíritu de cuerpo, lo que yo recuerdo de mis amigos. Ya en la UCA, aunque es jesuita también, me tocó estudiar en una época políticamente muy turbulenta, desde ahí participamos muy activamente en la Unión Opositora, el 22 de Enero, las carceleadas, las perseguidas, entonces no disfrutábamos el ambiente académico, estábamos más metidos en la lucha política. En cambio el colegio era como una jaula de oro que te permitía aislarte y concentrarte en tu propia formación.

¿Cuál era su apodo?

A mí me decían Tribilín porque era flaco y dundo.

Lista de APODOS

  • Victor Gabuardi: El Culeco
  • Ricardo Cerda: El dormido (porque tenía los ojos caídos)
  • José Angel Buitrago: Chichimeca
  • Eduardo Bermúdez: Pernambuco
    Hay otros apodos más vulgares que no puedo decirte (ríe a carcajadas)
    Los curas también tenían apodos:
  • P. Amando López: La piocha (tenía una gran narizota)
  • P. Moreno (profesor de Química): Hipoclorito
  • P. Pedro Miguel (profesor de Francés): quatre-vingt-dix-neuf
  • Hno. Montuenga (encargado del bar): El Pirata Montuenga (porque era medio renco)

Después de un gustazo un reglazo

Recuerdo que cuando cumplía años alguien, escondidos nos íbamos en recreo a la piscina y lo echábamos al agua con todo y ropa. Pero en esa echada al agua nos íbamos todos también. Entonces había un parlante muy grande en el frontón de la mediana desde donde nos llamaban: “remojados y remojadores a la prefectura”.
¡Ay mamita! Ya sabíamos que íbamos castigados. El castigo era que llegabas, extendías las manos y te pegaban un par de reglazos. Luego a clases todo el mundo.

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